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Crisálidas caricias se impregnan de labiosidad con los nuevos amantes, aquellos con fragancia de inocencia e inquietud, los que aun siendo desconocidos vierten en sus sombras, una pizca de eternidad. Sus manos se tragan con calma y fuerzan sus propias pieles, no les parece preocupar lo que cambie, ni lo que llegue a significar todo, sencillamente se viven en una dulzura inexplicable, palpable y deforme. Es así como se exprimen, así es como se manifiestan los primeros recuerdos de algo que promete perdurar, marcar y definir lo que en el futuro, posiblemente lleguen a cambiar.

En el acto, son observados por los viejos amantes, los que heridos, han corrompido su risa por rencor, aquellos que el colorido de sus vestimentas, resplandecen con tonalidades sombrías. Así permanecen sus cuerpos con la mirada de otros que han decidido murmurar entre ellos lo inaceptable, pero no todos son envidiosos, hay quienes lloran o celan su sangre con cierto sadismo. Es terciopelo lo que los envuelve, cómo una vasija que guarda el vino del amor, y mientras la melodía del ayer suena en el ambiente, los amantes se pierden en las anotaciones del observador.

¿Pueden abrir la puerta de su alma con una sola mirada en sus ojos?, se preguntan los quejidos que atestiguan el cambio generacional, ¿pueden perpetuar lo que en otros ha fallado?, ¿pueden callar lo que el instinto pide a gritos?…

Los enamorados han optado por dejar de respirar, creyeron en su olfato y se permitieron ahogar con el aroma de su vivencia. Se llenan de su propia carne, el alimento ahora son sus besos y el romance provoca que de su persona transpire ¡la luz por existir!; no hay presencia de que la soledad los mueva, ni les preocupa que sean observados por el ayer. Eso mismo les parece ajeno, no tienen el deseo de creer en ello, y sus manos les ayudan a sostener esa idea. Es así como se sostienen ensimismados en lo que en otros, fue la cúpula de un bello recuerdo eterno.

En esa manifestación natural, hay aun los que se lamen las cicatrices de forma cíclica, y que por su baja mirada, mantienen en secreto su duelo; hay quienes suelen conmoverse y pedir por un “usted”, y debaten si deberían aclamar por  un “tú”, un “yo”, o “nosotros”… incluso se voltean a mirar, sollozando se preguntan si están acompañados, pero ninguno se extiende la mano para dejar en claro, lo que la oscuridad ha golpeado. Faltan valientes espíritus que iluminen el camino de un viejo recorrido, ¡hacen tanta falta!, que se siguen envenenando con la fantasía de adorar, y ser adorados.

Es una canción que embriaga al más mínimo, quien le escucha, se transforma en arrebato y sin decir adiós logra desaparecer entre los cielos, para que al final, caiga como un criminal arrepentido por volar alto. Los entes que le han sobrevivido, a veces se acercan a los caídos, para encontrar una historia inconclusa y acompañan en el acto, el lloriqueo de los niños, tiemblan y colapsan, se engarzan de su sombra y vuelven a mirar, el cielo sigue ahí. La eternidad es inmensa, no existe más que aburrimiento en el aprendizaje. Ya los amantes se han encariñado con el vicio de sus bocas, e intentar separarlos es un suicidio, pero existe alguien capaz, y es el malévolo parpadeo quien se aproxima a ellos, a veces de frente, y en otras ocasiones, por la espalda. Aprovechando la distracción, los abraza como una madre podría abrazar a sus amados hijos, y los resguarda con cierto toque agradable, los enreda en la trampa para finalizar con una mordida, de esta manera duermen las víctimas de esta araña. Los fieles guardan silencio al presenciar el acto, algunos se tragan el pánico cerrando los ojos, mientras otros no retiran la mirada, dejando que la lagrima que se les escapa, les ensucie su rostro con una gota de pureza, la última que les queda.

Crisálidas historias que fueron heridas por el amor, el saber que fueron escritas por la muerte, les da un significado especial, y aún más, el saberlas gloriosas en su virtud; por ello él diablo huele el adolecido corazón, y es que lo atrae, aquello que palpo lo más que se puede lograr, a la divinidad. Así suceden las trampas del amor, algunos retiran sus sentimientos para poder gozar las mieles, y quemarse en las banalidades del placer, mientras otros que aún recuerdan su sabor, aprovechan la seducción de su sonido para abusar de su sexualidad. Pero entre tantos excesos, hay quienes en su ingenuidad, buscan esa presencia especial rompiendo el encanto; entre lo que podría ser, se encuentran con lo que fue y terminan fracasando, pocos son los que logran vivir.

Entre los pedazos, los nuevos poetas y las nuevas musas, resurgen acompañados de viejas emociones para que el mismo aire, les bendiga con su aliento y así puedan, ser un escalón que impida no llegar a lo alto de la madrugada. La apuesta es clara, y el sendero es iluminado con la fuerte tormenta de la depravación, la única espada que puede defenderlos es la misma que los puede lastimar, y el problema es mayor si la empuñan con duda, pero la belleza oculta, es la incertidumbre que aguarda el momento para capturarlos en sus garras de marfil. Ese encuentro final, es el que mantiene a los viejos escritores, y a las desgarradas muñecas, hechizados por la tristeza.

¿Pueden explotar sus sueños en el desvarío?, se preguntan las palabras que fueron usadas para explicar los acontecimientos, ¿pueden dejar de ser?, para que, por lo que luchan, pueda ser libre.

Los silencios culposos, suelen ser concurridos por los que lograron desistir, y algo arrepentidos, intentan volver, algo avergonzados, pero es tanta su pena que no pueden cambiar la edad y se ocultan de si mismos. Así son los pobres, los que renunciaron y lograron en su propia mente, la liberación de sus bajezas. Es así, como los cariños se transforman en las alas de lo impúdico, sádico y sangriento, divino y endeble. Por eso mismo, el colapso de los nuevos, es aplaudido por los viejos amantes, y sin más, siempre le dan fría bienvenida a los compañeros que caen. Es así como el observador, anota la tragedia para que el diablo, lea en voz alta lo que sucede si amas por amar.

En ese acto, la divinidad se convierte ajena y abandona el cuerpo que no es digno; las promesas se rompen como papel y vidrio, y la única reparación es dormir en los brazos de la dama, que fue madre de la melancolía. Aun sin encontrar consuelo, en sus cabellos se pierden los sueños, se visten con sus alfileres y las punzadas, son alegóricas esperanzas por hallar el agujero de la venganza. Así es el juego favorito de los humanos, perder la mente una y otra vez, perder incluso el alma en una apuesta que no es para ganar. Es así como suceden las cosas en este ciclo donde los nuevos, repiten lo que los viejos realizaron; afectuosos, el golpe de la oscuridad.

Es una caricia la que los salva, y provoca que empiecen a sentirse… ¡Es una mirada la que auxilia!, a imaginar la posibilidad de lo imposible, todos nacemos de ello; es así como fueron los inicios de unos y de muchos, para los que anhelaron alcanzar, el sol,  parpadea de alegría por si sus rayos se avivan en el ardor, de sus crisálidas debilidades, la carne se retira y deja a la nada, en su máxima expresión. El polvo se va deshaciendo de los rostros que son sostenidos por el fuego inicial del momento, e incita a que sigan naciendo amantes de la belleza, la real y autentica, la que es apreciada por ciegos y vista en fragmentos por los mismos que se despojaron de sus egos. En esos pensamientos tan profundos, a su lado se tienen para siempre; y el que quiere como nadie, se percata que su vida ya no le pertenece, pues en este mundo donde los minutos son cuidadosamente estrictos, olvidan su existencia en los besos sinceros.

Crisálidas palabras brotan de una boca con voz tenue y suave, habla con un brillo olvidado por generaciones, y el que se percata de ello, es él mismo escritor de estas historias mal habidas. Escucha con atención estas cosas raras con los oídos de su alma, y sabe que son máximas verdades. Se da cuenta que son frágiles, y procura no escribirlas para evitar que su diabólica deidad se entere de ellas. Sabe que son verbos desnudos, y que provienen de lo más puro del ser, lo sabe y teme que lleguen a perderse en el olvido, por eso mismo deja sus apuntes y se ahoga en el momento… El momento que nace para él, la ninfa de la poesía. Es así, como nuevas caricias se impregnan de labiosidad para envejecer en la carne de los amantes, y puedan las palabras decirse en esta transpiración corporal, todo sea por existir. Así es como caen las estrellas, y cientos de galaxias, en la trampa de la oscuridad.

En el acto, hay un diablo que observa cómo va perdiendo a su escritor, todo por dejar que contemplara a tantas víctimas de la vida sin su oscura guía; pero ya sabía que podía suceder tarde o temprano, la tentación es fuerte cuando la calentura y el fuego se mezclan. Ahora que lo ha visto, recoge las palabras del suelo, con sus pesuñas pellizca al mundo, para escribir lo que su maléfica mirada atrapa, busca un poeta adormecido por la mordida de una araña, por ello deja que sus cautivas almas, viajen a la luna y vuelvan ilusionadas. Así como la noche duerme de día, brotan recuerdos de un secreto que mantuvieron guardado los sonidos del silencio, los ángeles se ahogan en suspiros, y es que así es como surgen amantes del polvo. La telaraña que atrapa a las moscas, y alimenta al arácnido corazón, herido por el resplandor de la luz, seguirá en espera de que sean golpeadas las ingenuas larvas; de esta forma la inocencia, se mantiene en perpetuo sepelio al caer en cuenta que son innecesarios los relatos donde los milagros, sean el resultado de una provocación, mucho menos, si le encuentran gusto a los puños de la oscuridad.

¿Pueden abrir la puerta de su alma con una sola mirada en sus ojos?, se preguntan los quejidos que viajaron de este mundo al cielo, ¿pueden perpetuar lo que en otros ha fallado?, ¿pueden callar lo que el instinto pide a gritos?… ¿Pueden explotar sus sueños en el desvarío?, se preguntan las palabras que son usadas para escribir crisálidas historias, ¿pueden dejar de ser?, para que las alas que lograron tener, puedan llevarlos a la libertad. Y si escucharan la voz tierna y suave que él escritor escucho, sabrían que hay amor por la mentira de creer que así fue, así es… y a futuro será.


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ϒеѕʈеɼᴆⱥӯ – La señora del ayer

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Una dama cubierta de ropas oscuras, sosteniendo flores y caminando encorvada, va solitaria en silencio moviendo los labios y a su rastro, su sombra va iluminando con cierto aroma de edad, el paso que va dejando grietas. Ya son varios que la identifican, con cierta comodidad se apartan para no estorbarle y ella, no hace gestos de agradecimiento; no por ser grosera, su fantasía se ha convertido en un hada que la hace ajena al mundo. Así es la mujer de secreta historia, que entre suposiciones se le atiza leyendas sin comprobar; así es la diosa, que camina en un valle de bella locura. Quizás puedas identificarla, es ella la madre de las cosas olvidadas, la señora del ayer.

El habla se pierde, la vista se nubla; su lento caminar embellece y confunde, quisiéramos extender nuestras manos y darle consuelo. Ser elegantes y presentables, amorosos y comprensivos, pero de nada sirve, ella nos evade y hace bien su actuar, no se inmuta por los gélidos pequeños que intentan acercarse a su sonrisa. Es una culpa que en silencio se ahoga en sus propios recuerdos, y los que la conocen por casualidad, a primera vista se compadecen de su lentitud, sin saber ellos que son los que han detenido el mundo por ella.

Es aquí donde anoto los recados de mi ángel, a pesar de que hay ocasiones en las que no es tan bastante la noche para expiar las palabras que no te pude decir. Es en este sitio, donde ocurrió la primera ocasión que no supe como comportarme, dejando que mis dedos se escurrieran en el velo de la muerte, para que al final fuera encarnada mi palabra en una criatura del bien y ella, fuera alivio en esa hora mortal. Un profundo amor, eso resulto ser lo que había en ese momento, y ahora que lo recuerdo, también fue un amargo adiós cuando tenían que llevarte; pero eso no te incomodo, ibas con el cuerpo lleno de brillo que el sueño te hizo ser lenguaje de la dama encorvada. De eso, hace tanto tiempo que se viene repitiendo, y en ese lugar que se ha reflejado en diversos y tantos sitios, somos nosotros los que esperamos la oportunidad de ser cobijados por ella en nuestra hora; quizás lloremos cuando suceda, tal vez no contengamos la cordura y brinquemos exaltados en protesta, pero inevitablemente, cerraran nuestros ojos a espera de mezclarnos con el verbo celeste del olvido.

Es una mujer que abraza su vientre, se pone de cuclillas y siente con tristeza el vacío de su interior; no puede evitarlo, y sollozan sus parpados humedeciendo su rostro. Se convierte dura la realidad, y eso provoca que se crea inútil, que su presencia es menos que inservible y no hay remedio que la haga creer lo contrario. Incluidos los bellos paisajes, se deshilachan aquellos amantes por su romance, pero a ninguno se entrega y hace bien en su actuar. Así es la tristeza que abraza heladas ausencias, la que por enamorarse se hace presa de oscuras pasiones; así es la mujer, la que no encontró premio en su oración, la que se quedó muda por no poder darle latido y pecho a su corazón.

Se pierde en si misma, no le encuentra motivo a su desdiches y sosteniendo absolutamente nada, en sus manos puedes encontrar el calor de una atormentada madre; en ese instante se acerca el filo del sueño eterno. De arriba, del cielo o quizás, desde lo más alto y lejano, cae la lluvia clemente, empapando la desfigurada presencia del no existente; dejando en mortuorio retrato el consuelo de aquel eco por no haber nacido. Es un sentimiento que desearíamos no abrazar, pero lo hacemos por que no encontramos más fuego que a nosotros, tanto así, es un arte hacer una melodía con esa chispa. Por ello, al verla hincada debajo de la lluvia de sus lágrimas, corremos a su compañía.

El habla se presenta, la vista se entume, y por acto de magia nos desenredamos de nuestra amargura para convertirnos en un poema. Lo intentamos, pero no concedemos el aliento cuando caemos en el acto; tanto así que es inmaculado el razonamiento, que no podemos pervertirlo con una verdad. El clima cambia constantemente, de lo que representa a lo que significa, hay un estrecho sendero que nos permite ver su naturaleza; pero pocas son las ocasiones que podemos verlo, y cuando ocurre, vaya que lo apreciamos. Por ello, almas nobles somos cuando hablamos con las notas musicales de un piano, no por enamorar, ni por engañar; sí para aliviar, si para liberar.

Es aquí donde me decidí, mezclar mi cuerpo con el viento, saltar y a tus brazos caer. Sentir brisas por caricias, callando mis dudas con tus besos y cuando por fin llegara a ti, abrir mis labios para llamarte por tu nombre. Mientras sucede, de mi pensamiento aparece un temor, el temor de no encontrar censura que delimite la prudencia y me convierta prisionero de oscuras pasiones; caer por tentación y sea en vano romperse. Pero soy un delgado arrepentimiento, que por amor abrazas y disculpas; te ciegas y no ves la verdad, y este acto, te hace sentir bien. La tierra tiembla, apenas puedo sostenerme, que por pánico me quiero esconder de las miradas para hablarte, y ante ello, solamente puedo pronunciarte una palabra entrecortada con mi llanto. No deseo más que nada que los mismos ayeres que te brindaron educación, te reciban con caluroso amor filial; pero la noche no me basta para comunicártelo, y no me es tan útil sentir que varios ángeles vienen a mi espalda, soló para consolar mi escandaloso lloriqueo. De eso, hace tanto tiempo que se viene repitiendo, y en ese lugar que se ha reflejado en diversos y tantos sitios, somos nosotros los que esperamos la oportunidad de ser escuchados por los que ahora, son ausentes presencias.

Una hermosa doncella de blancos vestidos, que utiliza por maquillaje los desvelos de la luna, anda bailando en la morgue de la paz, su visita es para sostener el rostro de los bellos, y a los horribles les abraza. Su tacto es cristal, tan frágil que casi es imperceptible, pero lo identificamos cuando de la nada nos brota del pecho, un suspiro que, en esos aletargados instantes de angustia e incertidumbre, mueve con meloso cariño el frío del alma. Una plegaria que nos respira nos compadece y nos adormece de cansancio, es la divinidad que nos espera con su pecho desnudo para amamantarnos. Así es la princesa de las mariposas negras, el ángel que es demonio y demonio que es ángel; así es la oscuridad que tiene por profundidad, el misterio del mismo final de todo.

Es aquí, donde mi cabeza fue tras de todo rastro, lo que fuera y que valiera algo, por un significado o por un propósito; que no fuera en vano perder la sorpresa de lo amado, y que ahora que recuerdo, también doloroso. Es en este sitio, donde me abandone a la nada, desconociendo que estos ciclos continuos jamás se detendrían, y serian eternos comportamientos aún sin tenernos a nosotros. Un profundo afecto, es lo que termina siendo ese sentir, y vaya que con el tiempo se agria con la partida de nuestra nobleza; pero, somos tan fríos en esos momentos, que nuestro desconsuelo es por la culpa de no haber dicho mucho más. Es así, llámese o no una dama, la que vestida de invisibilidad, nos habla como a sus hijos; la misma mujer de sombrero que entrada en locura, abraza vientres vacíos sólo para llevarse, con cierta pasividad, la morriña de todo mal.

Un bebé que va siendo sostenido por una alusión, sabemos que nunca fue vestido, que jamás supo a que sabía la leche materna; y esa mujer que quería besarle, olvido el llanto cuando cerro su imaginación. Sus flores ahora son adorno, de la piedra que es su tumba; los ríos evaporan a la falta de sal, mientras los vacíos sonríen por llorar. Así es la noche que nunca es bastante, ya no se recuerda ni se habla de esa dama, que embelleció su cara con fría sombra. Pocos son los que se encorvan a su nombre, los que a su comprensión extrañan lo adorado de su mortal amar. Ahora ajenos al mundo real, se convierten en historias que vuelan por las memorias. Es una culpa que no busca remedio, al contrario, encuentra soledad; es así que los que la llegan a conocer, simplemente ahogados entre notas, detienen el mundo por ella, por su ayer.

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