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De una tierna suavidad, a una mordedura, dejando impregnados en la piel de una melodía, el nombre de una calmada bofetada, creyendo que los pensamientos pueden ser casuales o que las metáforas, son el resultado de una equivocada interpretación. Es así como se desdibujan los latidos de una memoria, sin que la osamenta de un salvador pueda ser evocado por los locos, y vuelvan a reencarnar en un rincón donde los sentimentalismos, estén trazando en los rostros, la belleza de las lágrimas que se han guardado para lo único especial…
De una ocasión mordaz, se encuentran ensangrentados los cuadros de un pensador, un idealista amado por su propia mano y repudiado por su sombra, de un asesino de sonrisas que sin querer recupera la calma, justamente ahogándose en los gritos de su imaginación; y podría ser peor, pero antes de ser acariciados por la ferocidad de una pasión, suelen despertar los menos especiales.

Algunos decaen con el primer suspiro, mientras los más valerosos se arriesgan a vestirse con sus caricias, y generalmente terminan separándose de su corona, justo cuando en lo alto recuerdan lo que significa ser un ente terrenal; pero los más inadecuados, los anarquistas que fueron vedando los misterios del laurel, se quedan a la espera de que alguien se desprenda de sus sueños, para regocijarse con una mentira adornada y perfumada de pesadilla. El campo florece, haciendo del valle un plácido lugar, uno que al menos hasta el invalido de sentir, pueda flaquear y recuperar de su indiferencia, una pizca de alma y con ello, brillar en diminuta. Pero es el suspiro, la llave maestra que le da la oportunidad, a que los ojos sean tan mansos cuando ese llamado, y tan esperado giro, le dé propósito a una existencia vacía. Y sin decir mucho, sean los actos divinos de un milagro, quienes hablen por lo alto; donde las nubes son espesas y gordas, donde los cantos son el heroico despliegue de una nueva lluvia, lluvia que corona con el laurel, la cabeza de aquel que pueda sentir el llamado de su bello sentir. Todo sea y como sea, para ser especial.

De un acto primario, donde los pedazos de la personalidad se mantienen tranquilos en su consuelo, o en el error de adorar el dolor por lo no visible, lo no tangible, lo no presencial; donde el ave disociativa llega a creer que lo que es el aire, es el cariño de un ángel, y ese afecto produce el arte por los amores. Pero lo hostil de un acto secundario, puede hablar y hacerse presente. Tiene fuerza y tiene coraje, tiene la histeria como arma, y apunta al pecho. Y en ocasiones, ocurre el acto de perderse en la mirada ciega de un laurel, y no saber que se está haciendo, si el cielo es melancolía, o si de la nada puede uno amamantarse. De un acto secundario, donde el enfado es tan natural como el punto de gravedad, y el que cae, es simplemente un ser que es amante de la violencia, mientras el que se mantiene en píe, es la silueta de alguien que será olvidado. Por lo mientras, aquello que sea sincero, y sin la temperatura que ocasiona el maligno instante en que se pierde la serenidad, se va retirando de uno mismo el punto de visión. Y con fuerza, ímpetu y gloria, se hace presente para hablar y hacerse terreno en un desierto de flácidas albas, para resguardar en el horizonte, la lastimosa palabra de un sirviente de la paz.

Pueden renombrar a su propia carne mientras se deshacen de ella, pueden arrancarse de sus parpados todas las pestañas que les incomoden, pero no pueden dejar de vibrar, ni siquiera pueden evitarlo; algunos podrían simularlo, y aun así serán obvios en su acto. Pueden atreverse a cortejar el peligro, de sonreír con inocencia, y confesar sus anhelos de no tener y condenar el atrevimiento de ser celestiales, pero las estrellas nacen en el seno de un buen sentimiento, no en las condiciones donde el cuerpo tenga que ser reprimido con el uso de las mutilaciones, donde el paso del tiempo deje vacío en aquello que fue moldeado al sueño de un misterio. Pero si sucede, y puede que así sea, ¿podrían albergar luz en un espacio donde fue llenado con enfermedad y mal? Algunos decaen, su resistencia no llega a soportar la responsabilidad, y les piden a los cielos, que protejan a lo amado, mientras de si mismos se disponen al castigo; mientras unos imploran perdón, otros acusan de culpa a quienes los opaco. Y si suspiran, pueden besar, pero quizás no puedan tener la calma para tener una vida repleta de errores, donde lo único que limpian de su personalidad, sea la cabeza donde las ideas destruyen al portador, a los elegidos de un bello laurel.

Pero el frío es la tranquila muerte, de aquello que abraza y lame sin pudor, incluso es el último aliento de una mujer que hace de la oscuridad, un derroche intimo con la amnesia, y nos hace olvidar el motivo por el cual le lloramos al pasado. Es el pensamiento intrusivo que nos hace danzar en múltiples versiones de uno mismo, haciendo que seamos inapropiados para lo único moral en una iglesia, o poder llegar a ser puros en el corazón donde el silencio triunfa. Nos hace ruidosos, quejumbrosos, pero infinitamente deliciosos cuando se trata de ser inadecuados, tal cual seres nerviosos que toman la confianza y pierden por los impulsos de la honestidad. Pero el frio pierde gusto, sabor y esencia cuando se incendian las almas por alguien que es descendiente del sol; y se pierde algo más que el control, quizás ni se pueda recuperar mientras ardan los placeres del bien estar.

Algunos se mofan, otros solamente se quedan pasmados, mientras unos sienten empatía y pocos son los que se alegran con franqueza; por lo que los aclamados ilusionistas nunca quieren compartir sus diseños, y menos si saben que aquellos que están, realmente no puedan diferenciar entre una luna y una pluma de hada. Pero que bella es la locura, y tan trágica su consecuencia, que mientras es besada con pasión, se roba la identidad de lo que podría ser prudente, y la disfraza con su fiera e hiriente burla. Pero hay esperanza, en la sombría cabeza del demonio hay ciencia y matemática, que sabe que todo pecado, es para quien lo busca con intención, y no es un regalo que se pueda brindar, o dar a entender que no es para cualquiera. Y si fuera posible, por lo menos tergiversable el pecado, sería posible hacer que lo importante, fuera pecar por alguien singular, y no por la ausencia de ese soneto en particular. Pero es el soplo emocional, quien provoca que el sabor de un momento se haga transitorio, al punto de hacer que la cabeza se arremoline con las voces de un sitio que aparentaba ser secreto, y se haga evidente en una mirada atrapada por los ojos de un peligroso laurel, por lo menos, hasta que la sensación sea tratable. Todo sea y como sea…

De ese detalle que fue guardado en silencio, que nunca fue expresado o dicho con finas palabras, que simplemente se ocultó de posibles irregularidades, al grado de no querer escuchar ni un poco el latido de alguien cercano; se hacen dramas para lo que no intento ser tan natural, y aun cuando el destino intente unirlos, no pueda doblegar a los cielos y hacerlos transparentes. Por ello, uno se flagela en el quiebre de la razón, mientras otra alma quiera renunciar al honor de refugiar un espacio negro en su centro. Quizás sean más hermosas las coronas en las cabezas de los tiranos, o sean mas sabias las glorias en la censura del paraíso, pero el ave vuela en su disociativo instinto, y acepte con engaños, que no toda locura, es confiable, ni tan especial como para abandonar la libertad de su inverosímil vuelo sin destino. Por ello, de esa inquietud, se mantienen fieles los creyentes de la anarquía, a que todo sistema de control, debería ser el rival a vencer, pero nunca pueden dar el golpe final, ya que comprensivos de su situación, se darían por muertos si llegaran a portar el bello adorno en sus cabezas huecas. Por lo que usan de sus suaves encantos, la palabra mórbida para ajustar los componentes sociales que irrumpen casi siempre, con lo único decente del cuerpo. ¡Todo sea y como sea!, por ser especifico en un mundo ilusorio.

De una tierna melodía, de la cual se perciben, con el astro corazón de todo lo creativo, las palabras que nunca fueron dichas, al punto cambiante en que la decisión es optar por negar que los milagros son tangibles con solo desearlos, es como se hacen mudos y sordos los caprichos de la razón. Maldita inteligencia que preserva la supervivencia, y pone a los cuerpos en la prisión terrenal. Es así como pocos son los que son irrepetibles, ya que no todos son tan saludables como para soportar el riesgo de quemar su sombra con la luminiscencia de lo empírico… Es así, como incontrolables, se hacen uno mismo con las lágrimas incendiarias, que terminan evaporando hasta la última gota del sentimiento, sentimiento que nunca fue solicitado por el ímpetu, ni aceptado por el masoquismo dominante del ayer. Por ello, los actos primarios que solemnes son fieles melancólicos, no saben ni pueden atreverse a renegar con los secundarios romances de un estado etílico; a pesar de que vean que lo común y ordinario, se alcen por un cielo inexistente.

Pueden renombrar toda rareza, hacer de sus mismas manos una extensión de su fantasía, incluso podrían querer o intentar quererse; pero jamás podrían frenar la velocidad de sus cabezas, ni hacer que tengan claridad cuando se hacen adictas a pensar en las posibilidades de lo imposible, es algo que no se desea y menos que muera cuando son personas creativas. Pueden huir, quitarse de lo estático como un concepto ideal, dejar que el viento sea su voz, o que el tiempo sea ambiguo con el gusto por saberse vivos, pero no pueden idealizar y no sentirse decepcionados, ya que el mundo pertenece a una inmoral recreativa que nunca deja de involucionar. Pero si sucede, y puede que así sea, ¿podrían brindar luz en un espacio donde fue llenado con remordimientos y miedos? Algunos saben que la ficción es el potencial de lo espiritual, y que los arrodillados, casi siempre prefieren convertirse en salvos, que optar por otro sendero; pero si llegan a suspirar, puede que su sensibilidad sea tan innegable como su predilección por ser abnegados. Y si aún no encuentran como evitar que se les escape el aliento, dejar que se ahoguen de humo, o poner en sus bocas y no en su cabeza, el laurel de sus voces especiales.

Cuando recurren a la meditación, pueden ausentarse de sus sentidos, aceptar la plenitud de la muerte y pintar las auras de la concentración, el rojo brota como sudor de la propia piel, y uno que atestigua, se queda sin espacio en su enfermo pensar; ¿Quién podría perdonar tantas fallas?, ¿a que se le puede idolatrar? Si de la nada se fuman falsos sabores, y de las falacias puedes recurrir al alejamiento de todo sentido. ¿Qué es prudente? Hablarlo o quedarse con el secreto en las manos, pero no morir con el arrepentimiento. Aun si cuando la premeditación de sanar, sea la cúpula de no pensar, ¿Quién podría evitarlo cuando nacen por si mismos los pensamientos?, y aun así, saber que son dedicados a no razonar u obedecer. Pueden renombrar al cielo caído, usar su etéreo cobijo de disfraz, y ocultarse de las miradas para tener por ultimo, una vida plena o regocijante, donde la belleza sea secundaria en una promesa primaria, de ser libre de ideas o aún mejor, callar lo que no es escuchado.   

De un profundo silencio, al intervalo donde los poros se ponen nerviosos, dejando temblorosos a los sueños que fueron de una noche. La intención de usar el filo, o de agitar con electricidad, son secuelas de un viejo gusto, indomable o quizás ya no tan probable consuelo de olvido. Y no es motivo aun si se encuentran ensangrentados los cuadros de un pensador, un idealista amado por su propio dorso y excluido de su propia lógica, justamente ahogado en los gritos de su imaginación. Ya que no todos son dignos, y en los dignos no exista nadie sencillo, que lo único que pueda ser irreparable, sea el valor por la autenticidad, y en su búsqueda, fingir que encuentras todo, y no encontrar nada. Pero si se pudiera tergiversar una situación, hacer de un instante un ligero cambio o que los ojos fueran eternos recuerdos, ¿estaría bien arrestar esa mirada?, y aprisionarla en la memoria del viento, dejando que sea lo disociativo de la persona, quien pueda encontrar el todo en la mirada de alguien que se la sostenga. Y si es digno y hermoso el momento, si realmente es especial, brindarle todo y como sea, los mismos laureles caídos del cielo.

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Μuɴᴅᴕ ᶁᵉ ƝᴕѴəɭɑʂ

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Μuɴᴅᴕ ᶁᵉ ƝᴕѴəɭɑʂ
(Mantente a la distancia)

Tiempo de temblar, las almas se unen en canto, aclamando un hogar de alabanzas y prosas que lleguen a despertar al roce del viento; lo que es llamado libertad fulmina por fin al mundo de novelas. En donde las reuniones cafeteras se inquietan por la presencia lunar de una emperatriz, y quizás callen los pecados por pulcritud, aquellos, que se ven, que se acompañan y que entre fechas importantes, se miden el tamaño del egocentrismo, guardan silencio a la llegada de una nueva luna. Pero el tiempo es radical, frustrante y cambiante, los nombres de los mismos clientes se sienten abrumados, incomodos y repulsivos a la pureza de una noche en especial. Es la madre de las caricias, el veneno furtivo de las plegarias, y entre tantas llamadas, la única voz sensata, es la que siempre se ve perjudicada entre estas almas feroces. Pero en el sitio en que la nunca es la palabra que me acompaña, estoy viendo la entrada de una nueva temporada de soledad. Me habla mi acompañante de recuerdos y la melodía que suena de fondo, después de las carcajadas, provoca que bailemos en las nubes, y hay quienes se adelantan en la bofa, haciendo presencial su estancia y su forma intangible, ni su edad es visible, pero unos profetizan juventud en el aliento de su verbo. La misma señorita popular que viste de fantasías su cuerpo celeste, sonríe de los intentos, y se sienta al centro de todas las miradas.

Carecemos de idea, lo soñado es superstición, la carne es frialdad y el gusto por idealizar es furtivo cuando es servido en hielos traídos del infierno. La culpa es el silencio, y los aplausos se disfrazan de mentiras tan creíbles, que la verdad en este mundo de novelas, no importa si el tamaño del amor es precario. Pero hay quienes siguen el viento, se esfuerzan en poner su nombre en los pechos de la oscuridad; y se ven al final del camino, atrapados en los brazos de su noche especial. Pero la mayoría, simplemente les recuerda como necios, pasando a la larga, al olvido.

Por esas voces, por esas manos los momentos son gloriosos en la memoria de quienes le presenciaron, y vieron cuantos pasos dieron en su largo andar; si la situación fuera presentable, quizás podríamos recrear lo que en su villanía por no encajar, realizaron por pasión, por hambre, por necedad…

La pequeña chispa de inmundicias, se refresca con su bebida de pureza nata, y el líquido de su copa, es el vino que le hace transpirar un nuevo aroma. En el mundo de las novelas, es conocido este aroma, y le apodaron olvido. Su sabor es milagro, y al adentrarse en un cuerpo luminoso, sufre una mutación incorpórea que deja invisible las uñas de las arañas. Es incitador el pecado de su labios, es un océano de extremos deseos por lastimarse a uno mismo, ¡es una sed inmoral!, que se pierde en las prendas virginales de adorar y corromper lo que en su tiempo, fuera la paz de una guerra. Así es la celeste luna que se toma su tiempo para envenenar su cuerpo, inflando sus mejillas con su vicio, y disfrutando las miradas perdidas de sus adeptos. Es quizás, el tiempo de temblar de frio; o tan solo, sea la hora de darse cuenta, de que no hay compañía que pueda ser tan cálida como las piernas de su inmedible sombra. Y cual sea la opción más creíble, solo queda la especulación para no infligir en la equivocación de serle encantador.

Ya entrados en los delirios, los poetas fueron cayendo en los encantos de la pureza, hasta los violadores que prometían jamás tocar la rectitud, cayeron en desgracia al saber el pecado de la nobleza de una noche. Los que aún pueden sostenerse de pie, son los hijos del rapto, los demonios del telón, los actores que no pueden fingir, las verdades que siendo honestas, se embriagan con ilusiones hasta el punto de dejar su cuerpo en el hocico de su perdición. Y entre tanta belleza, casi me enamoro de la idea del suicidio, y por ceguera emocional, saberme acompañado por primera vez.

Es tiempo de extremos cuidados, de no flaquear, e irse con el nombre de su amado sentimiento en las manos de la maldad, de saber que no hay oído que pueda escuchar, las palabras que fueron mencionadas en una noche mágica; en el mundo de las novelas, la tragedia es primordial para darle alma a la historia. Pero quizás, tan solo sean sedientos deseos por trascender, de hacer un cambio al estilo y a la moda, de ser y ser para el bien. ¡Donde te encuentres el amanecer! de los parpados, de lo amado, y sea confortable abrazar las exigencias de quedarse siempre a su lado. Pero somos casi siempre, maquinas que buscan el sudor corpóreo de una y mil noches santas, instrumentos que usan la sangre del llanto; cómo aceite de su figura compuesta de tuercas y tornillos. Felizmente, algunas veces pueden fingir y creer que es pasajero, pero en realidad la vida tiende a terminar en promesas de alcanzar el cielo, ya sea nocturno o claro, ese mismo cielo es el mundo de las tragedias, y muy contrario al mundo de las novelas. ¡Pero el tiempo es radical! extremista y dramático, inflexible y divino que son pocos los adictos a las caricias, los que encuentran sinceridad en unos labios frescos, suaves y tiernos. Y acompañado de un jamás, aprecio el embrollo que me otorga el silencio, solamente para disfrutarlo hasta que me lo arrebate la evasión de un empuje; ahora mismo, en una historia improvisada, voy siendo víctima de la expectación de una pequeña criatura, el ultimo ente de lo sublime.

Precisamos de alba, leche y despertar, un abrazo sincero que no nos hiera o pretenda fingir claridad; aun si es soberbia pedir lo que merecemos, ya sea para bien o para mal, que tenga en conjetura una acción sólida, que ni el pasado pueda intoxicar. La penuria nos entretiene, y quien llega al presente, suele cambiar para danzar con nosotros; no es lo correcto y no es equivocación, tan solo es el efecto de amar lo que en algunos pueden llegar a odiar, incluso siendo más decentes, quieran evitar. Pero es dominante aquel sentimiento que solamente, llamaremos por el momento locura. ¡Así somos los tiempos modernos!, los presentes efímeros, los humos del mundo de las novelas; somos nobles enfermos que violentan con encanto, el derecho de opinar.

¡Por esos aullidos!, por esas fuerzas y por muy poco en realidad, es que nos hemos envuelto de pretenciosa sapiencia; y si fuera aún más necesario, creo que podríamos tirarnos al suelo, solo para calmar la fiebre con el frio abrazo del diablo. Quizás no sea correcto confesarlo, pero estaría mal no hacerles saber que la facha de amable, es la cicatriz de un humano. Quizás lo único aceptable, sea no ser visible, existente, real. Pero somos algo lamentable, que confunde el amor propio con flagelación…

La diminuta cercanía, entre lo que es evaporación y adoración, donde el extremo es mi cuerpo y la distancia resulta ser alguien intrigante, que para dramatizar en el mundo de las novelas, el pretérito es la justificación perfecta para evitar dulces futuros. Y en este lúgubre arrebato, solamente queda presenciar lo mucho que inspiran los senos de la inocencia, llegar a desvestirla con la saliva y adueñarse de sus alas, cual ángel, hada o murciélago, y sin distinción, interrumpir los sueños de una estrecha calma. Lo único que puede respirar en nuestras cabezas, es el idilio de nuestro sentimiento y lo único que puede perecer, es el deseo por corromper lo inmaculado de tal ser. El gozo de ser usado, con cierto toque manipulador en este mundo, no es la preocupación, ni el menor de nuestros males; al contrario de cualquier idea, es la cúpula de nuestras sedientas aberraciones, que cuando se llegan a dar, no dejamos de babear por lo que pueda suceder; aun si son mayores las repercusiones, aun si son mayores las culpas. Así es como funcionamos, así somos las máquinas de este lugar, y en una noche especial, sin ser requerida, llego la luna bien educada para confortar al necesitado, al equivocado, al tramoyero de infamias y macabras teatralidades.

Ya curiosos, sostuvieron un dialogo protocolario mi sombra y su luz, que desapercibidos, los demás instintos, se mantuvieron ajenos a nuestros intentos, y para un sitio donde los cuerpos fallecen por el desengaño, sus palabras fueron lo que tenían que ser. Y como cualquier despliegue, nuestros desvelos se fueron encontrando con el fin, a pesar de que no teníamos la obligación, fuimos iniciativa de entendimiento, y cuando teníamos que yacer, la noche casi se conquista mi mundo cuando me pidió que me fuera, ya que si se quedaba mi oscuridad, no la dejaría partir.

Es tiempo de rarezas, de maravillas y penumbras, de sorber suspiros y mantener apacible a la bestia; son tiempos que a pesar de existir un sol, el frío brota de nuestras almas y que por frio se entienda ausencia de clemencias. No pretendemos ser creyentes, ni somos tan maliciosos, somos en realidad circunstancias diferentes, de las que consumen con bravura las persuasiones de los insanos, y hacemos propias, las culpas por ilusionar lo que en realidad ocultan sus pasiones. Somos el nombre de la aflicción, la educación, la obediencia, ¡la sumisión!, y quizás para los ajenos al mundo de las novelas, sean simples muestras de un desorden emocional; pero ojala puedan ver lo hermoso que es no saber si la diferencia está marcada, si la frontera de mi nación es la limitación de su religión. Aun cuando de la luna vengan buenas nuevas, optaremos por la costumbre de nuestro apego, y seremos tristes hasta el final, hasta que venga la pureza y nos envenene de felicidad. Y si mis palabras son incorrectas, disculpe la persona que nos tenga que disculpar; quizás son tiempos de sed, y sin querer alguien inocente nos ofrezca agua y no le sepamos diferenciar, que incluso la tengamos hechizada con la mugre de nuestra seducción, pero somos profanos de la belleza, y aun cuando quiera alejarse, le pediremos por más, hasta dejar seco el lago de su humanidad. Y acompañado de una inexistencia absoluta, tenga que morderme como cada noche, las venas de mis muñecas, hasta que dejen de moverse mis manos para evitar que me puedan consolar, o que incluso llegaran a tocar la piel de una noche que me exige silencio. ¡Pero tengo nombre!, y mi nombre es debilidad.

Necesitamos guardarnos, que los vientos son fuertes y este clima se vuelve turbulento con solo suspirar, y si el suspiro tuviera nombre, sería el de aquella noche en que la mínima curiosidad se convirtió en incomodidad; pero pueden saberlo, la culpa fue de los desaciertos por querer saber, entender, y quizás desmenuzar el velo herido del misterio. Pero son sensibles las fibras de los recuerdos, que vamos urgentemente a tomar por vicio, el olvido; para embriagar nuestros solitarios corazones con el más fino de los vinos, aun cuando nuestra copa, no sea la que reciba el amor de la noche. Pero es avasallador el cariño que por ahora, nos produce desvariar de la realidad a la verdad, y para no explicarlo mucho, le llamaremos anhelo. Así somos los nobles demonios de este mundo, el mundo que pocos llaman novelas a nuestras historias, y que sin saber si son del todo ciertas, los mantienen alucinados emocionalmente al sabernos, ajenos de todo cielo.

Por esa persona, por esa noche especial, es que las cosas simples se mantienen salvas en su misterio, y se mantienen deslumbrantes en lo alto del firmamento; que la belleza de nosotros, los ilusorios del mundo, enaltecemos aquello que es estremecedor. Y si me es permitido confesar, es la poca humanidad la que debilitada se fijó en la luna de un cielo oscuro, que brillante se acercó a mi incredulidad, ¡y sin saberlo!, me alejo de mi mundo de novelas. Quizás me embriague como los demás, con la toz y las flemas de un mal rato; o quizás simplemente, baje la guardia sin quererlo realmente, ¡pero heme aquí en estado de resaca!, escuchando que lo único que me piden a mí, y a mis condolencias, es que me mantenga a la distancia…

¡Pero soy extremista!, un delirio de complejos que se mantiene preso en los placeres de contemplar cielos negros, un violento gemido que vuelve a existir cuando escapa de la pequeña garganta del ave; soy excesivo con las palabras, ¡lo sé!, que cuando me siento acompañado de la granítica noche, sabe bien ella lo que puedo alcanzar con ellas. Y mi mayor temor, ¡es llegar a tocarla con las mismas manos que fueron lascivas con mi soledad!, y me llegue a reprochar el no haber estado a la espera de sus nervios. Es tiempo de calmarme, que en el mundo de las novelas, la tragedia suele ser invasiva y con su radical, tajante, inexorable y rotundo modo de hacer brillar los corazones, se olvide de las sensibilidades, que hasta entrega todo por hacer de nosotros, máquinas de su infinidad. Es tiempo de escuchar que me pidan, y me pidan que me aleje, que si me llego a quedar, no me dejaran ir con mi oscuridad…   …es tiempo de…

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