Μuɴᴅᴕ ᶁᵉ ƝᴕѴəɭɑʂ

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Μuɴᴅᴕ ᶁᵉ ƝᴕѴəɭɑʂ
(Mantente a la distancia)

Tiempo de temblar, las almas se unen en canto, aclamando un hogar de alabanzas y prosas que lleguen a despertar al roce del viento; lo que es llamado libertad fulmina por fin al mundo de novelas. En donde las reuniones cafeteras se inquietan por la presencia lunar de una emperatriz, y quizás callen los pecados por pulcritud, aquellos, que se ven, que se acompañan y que entre fechas importantes, se miden el tamaño del egocentrismo, guardan silencio a la llegada de una nueva luna. Pero el tiempo es radical, frustrante y cambiante, los nombres de los mismos clientes se sienten abrumados, incomodos y repulsivos a la pureza de una noche en especial. Es la madre de las caricias, el veneno furtivo de las plegarias, y entre tantas llamadas, la única voz sensata, es la que siempre se ve perjudicada entre estas almas feroces. Pero en el sitio en que la nunca es la palabra que me acompaña, estoy viendo la entrada de una nueva temporada de soledad. Me habla mi acompañante de recuerdos y la melodía que suena de fondo, después de las carcajadas, provoca que bailemos en las nubes, y hay quienes se adelantan en la bofa, haciendo presencial su estancia y su forma intangible, ni su edad es visible, pero unos profetizan juventud en el aliento de su verbo. La misma señorita popular que viste de fantasías su cuerpo celeste, sonríe de los intentos, y se sienta al centro de todas las miradas.

Carecemos de idea, lo soñado es superstición, la carne es frialdad y el gusto por idealizar es furtivo cuando es servido en hielos traídos del infierno. La culpa es el silencio, y los aplausos se disfrazan de mentiras tan creíbles, que la verdad en este mundo de novelas, no importa si el tamaño del amor es precario. Pero hay quienes siguen el viento, se esfuerzan en poner su nombre en los pechos de la oscuridad; y se ven al final del camino, atrapados en los brazos de su noche especial. Pero la mayoría, simplemente les recuerda como necios, pasando a la larga, al olvido.

Por esas voces, por esas manos los momentos son gloriosos en la memoria de quienes le presenciaron, y vieron cuantos pasos dieron en su largo andar; si la situación fuera presentable, quizás podríamos recrear lo que en su villanía por no encajar, realizaron por pasión, por hambre, por necedad…

La pequeña chispa de inmundicias, se refresca con su bebida de pureza nata, y el líquido de su copa, es el vino que le hace transpirar un nuevo aroma. En el mundo de las novelas, es conocido este aroma, y le apodaron olvido. Su sabor es milagro, y al adentrarse en un cuerpo luminoso, sufre una mutación incorpórea que deja invisible las uñas de las arañas. Es incitador el pecado de su labios, es un océano de extremos deseos por lastimarse a uno mismo, ¡es una sed inmoral!, que se pierde en las prendas virginales de adorar y corromper lo que en su tiempo, fuera la paz de una guerra. Así es la celeste luna que se toma su tiempo para envenenar su cuerpo, inflando sus mejillas con su vicio, y disfrutando las miradas perdidas de sus adeptos. Es quizás, el tiempo de temblar de frio; o tan solo, sea la hora de darse cuenta, de que no hay compañía que pueda ser tan cálida como las piernas de su inmedible sombra. Y cual sea la opción más creíble, solo queda la especulación para no infligir en la equivocación de serle encantador.

Ya entrados en los delirios, los poetas fueron cayendo en los encantos de la pureza, hasta los violadores que prometían jamás tocar la rectitud, cayeron en desgracia al saber el pecado de la nobleza de una noche. Los que aún pueden sostenerse de pie, son los hijos del rapto, los demonios del telón, los actores que no pueden fingir, las verdades que siendo honestas, se embriagan con ilusiones hasta el punto de dejar su cuerpo en el hocico de su perdición. Y entre tanta belleza, casi me enamoro de la idea del suicidio, y por ceguera emocional, saberme acompañado por primera vez.

Es tiempo de extremos cuidados, de no flaquear, e irse con el nombre de su amado sentimiento en las manos de la maldad, de saber que no hay oído que pueda escuchar, las palabras que fueron mencionadas en una noche mágica; en el mundo de las novelas, la tragedia es primordial para darle alma a la historia. Pero quizás, tan solo sean sedientos deseos por trascender, de hacer un cambio al estilo y a la moda, de ser y ser para el bien. ¡Donde te encuentres el amanecer! de los parpados, de lo amado, y sea confortable abrazar las exigencias de quedarse siempre a su lado. Pero somos casi siempre, maquinas que buscan el sudor corpóreo de una y mil noches santas, instrumentos que usan la sangre del llanto; cómo aceite de su figura compuesta de tuercas y tornillos. Felizmente, algunas veces pueden fingir y creer que es pasajero, pero en realidad la vida tiende a terminar en promesas de alcanzar el cielo, ya sea nocturno o claro, ese mismo cielo es el mundo de las tragedias, y muy contrario al mundo de las novelas. ¡Pero el tiempo es radical! extremista y dramático, inflexible y divino que son pocos los adictos a las caricias, los que encuentran sinceridad en unos labios frescos, suaves y tiernos. Y acompañado de un jamás, aprecio el embrollo que me otorga el silencio, solamente para disfrutarlo hasta que me lo arrebate la evasión de un empuje; ahora mismo, en una historia improvisada, voy siendo víctima de la expectación de una pequeña criatura, el ultimo ente de lo sublime.

Precisamos de alba, leche y despertar, un abrazo sincero que no nos hiera o pretenda fingir claridad; aun si es soberbia pedir lo que merecemos, ya sea para bien o para mal, que tenga en conjetura una acción sólida, que ni el pasado pueda intoxicar. La penuria nos entretiene, y quien llega al presente, suele cambiar para danzar con nosotros; no es lo correcto y no es equivocación, tan solo es el efecto de amar lo que en algunos pueden llegar a odiar, incluso siendo más decentes, quieran evitar. Pero es dominante aquel sentimiento que solamente, llamaremos por el momento locura. ¡Así somos los tiempos modernos!, los presentes efímeros, los humos del mundo de las novelas; somos nobles enfermos que violentan con encanto, el derecho de opinar.

¡Por esos aullidos!, por esas fuerzas y por muy poco en realidad, es que nos hemos envuelto de pretenciosa sapiencia; y si fuera aún más necesario, creo que podríamos tirarnos al suelo, solo para calmar la fiebre con el frio abrazo del diablo. Quizás no sea correcto confesarlo, pero estaría mal no hacerles saber que la facha de amable, es la cicatriz de un humano. Quizás lo único aceptable, sea no ser visible, existente, real. Pero somos algo lamentable, que confunde el amor propio con flagelación…

La diminuta cercanía, entre lo que es evaporación y adoración, donde el extremo es mi cuerpo y la distancia resulta ser alguien intrigante, que para dramatizar en el mundo de las novelas, el pretérito es la justificación perfecta para evitar dulces futuros. Y en este lúgubre arrebato, solamente queda presenciar lo mucho que inspiran los senos de la inocencia, llegar a desvestirla con la saliva y adueñarse de sus alas, cual ángel, hada o murciélago, y sin distinción, interrumpir los sueños de una estrecha calma. Lo único que puede respirar en nuestras cabezas, es el idilio de nuestro sentimiento y lo único que puede perecer, es el deseo por corromper lo inmaculado de tal ser. El gozo de ser usado, con cierto toque manipulador en este mundo, no es la preocupación, ni el menor de nuestros males; al contrario de cualquier idea, es la cúpula de nuestras sedientas aberraciones, que cuando se llegan a dar, no dejamos de babear por lo que pueda suceder; aun si son mayores las repercusiones, aun si son mayores las culpas. Así es como funcionamos, así somos las máquinas de este lugar, y en una noche especial, sin ser requerida, llego la luna bien educada para confortar al necesitado, al equivocado, al tramoyero de infamias y macabras teatralidades.

Ya curiosos, sostuvieron un dialogo protocolario mi sombra y su luz, que desapercibidos, los demás instintos, se mantuvieron ajenos a nuestros intentos, y para un sitio donde los cuerpos fallecen por el desengaño, sus palabras fueron lo que tenían que ser. Y como cualquier despliegue, nuestros desvelos se fueron encontrando con el fin, a pesar de que no teníamos la obligación, fuimos iniciativa de entendimiento, y cuando teníamos que yacer, la noche casi se conquista mi mundo cuando me pidió que me fuera, ya que si se quedaba mi oscuridad, no la dejaría partir.

Es tiempo de rarezas, de maravillas y penumbras, de sorber suspiros y mantener apacible a la bestia; son tiempos que a pesar de existir un sol, el frío brota de nuestras almas y que por frio se entienda ausencia de clemencias. No pretendemos ser creyentes, ni somos tan maliciosos, somos en realidad circunstancias diferentes, de las que consumen con bravura las persuasiones de los insanos, y hacemos propias, las culpas por ilusionar lo que en realidad ocultan sus pasiones. Somos el nombre de la aflicción, la educación, la obediencia, ¡la sumisión!, y quizás para los ajenos al mundo de las novelas, sean simples muestras de un desorden emocional; pero ojala puedan ver lo hermoso que es no saber si la diferencia está marcada, si la frontera de mi nación es la limitación de su religión. Aun cuando de la luna vengan buenas nuevas, optaremos por la costumbre de nuestro apego, y seremos tristes hasta el final, hasta que venga la pureza y nos envenene de felicidad. Y si mis palabras son incorrectas, disculpe la persona que nos tenga que disculpar; quizás son tiempos de sed, y sin querer alguien inocente nos ofrezca agua y no le sepamos diferenciar, que incluso la tengamos hechizada con la mugre de nuestra seducción, pero somos profanos de la belleza, y aun cuando quiera alejarse, le pediremos por más, hasta dejar seco el lago de su humanidad. Y acompañado de una inexistencia absoluta, tenga que morderme como cada noche, las venas de mis muñecas, hasta que dejen de moverse mis manos para evitar que me puedan consolar, o que incluso llegaran a tocar la piel de una noche que me exige silencio. ¡Pero tengo nombre!, y mi nombre es debilidad.

Necesitamos guardarnos, que los vientos son fuertes y este clima se vuelve turbulento con solo suspirar, y si el suspiro tuviera nombre, sería el de aquella noche en que la mínima curiosidad se convirtió en incomodidad; pero pueden saberlo, la culpa fue de los desaciertos por querer saber, entender, y quizás desmenuzar el velo herido del misterio. Pero son sensibles las fibras de los recuerdos, que vamos urgentemente a tomar por vicio, el olvido; para embriagar nuestros solitarios corazones con el más fino de los vinos, aun cuando nuestra copa, no sea la que reciba el amor de la noche. Pero es avasallador el cariño que por ahora, nos produce desvariar de la realidad a la verdad, y para no explicarlo mucho, le llamaremos anhelo. Así somos los nobles demonios de este mundo, el mundo que pocos llaman novelas a nuestras historias, y que sin saber si son del todo ciertas, los mantienen alucinados emocionalmente al sabernos, ajenos de todo cielo.

Por esa persona, por esa noche especial, es que las cosas simples se mantienen salvas en su misterio, y se mantienen deslumbrantes en lo alto del firmamento; que la belleza de nosotros, los ilusorios del mundo, enaltecemos aquello que es estremecedor. Y si me es permitido confesar, es la poca humanidad la que debilitada se fijó en la luna de un cielo oscuro, que brillante se acercó a mi incredulidad, ¡y sin saberlo!, me alejo de mi mundo de novelas. Quizás me embriague como los demás, con la toz y las flemas de un mal rato; o quizás simplemente, baje la guardia sin quererlo realmente, ¡pero heme aquí en estado de resaca!, escuchando que lo único que me piden a mí, y a mis condolencias, es que me mantenga a la distancia…

¡Pero soy extremista!, un delirio de complejos que se mantiene preso en los placeres de contemplar cielos negros, un violento gemido que vuelve a existir cuando escapa de la pequeña garganta del ave; soy excesivo con las palabras, ¡lo sé!, que cuando me siento acompañado de la granítica noche, sabe bien ella lo que puedo alcanzar con ellas. Y mi mayor temor, ¡es llegar a tocarla con las mismas manos que fueron lascivas con mi soledad!, y me llegue a reprochar el no haber estado a la espera de sus nervios. Es tiempo de calmarme, que en el mundo de las novelas, la tragedia suele ser invasiva y con su radical, tajante, inexorable y rotundo modo de hacer brillar los corazones, se olvide de las sensibilidades, que hasta entrega todo por hacer de nosotros, máquinas de su infinidad. Es tiempo de escuchar que me pidan, y me pidan que me aleje, que si me llego a quedar, no me dejaran ir con mi oscuridad…   …es tiempo de…

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ℕἰᴝʄλ

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ℕἰᴝʄλ

Crisálidas caricias se impregnan de labiosidad con los nuevos amantes, aquellos con fragancia de inocencia e inquietud, los que aun siendo desconocidos vierten en sus sombras, una pizca de eternidad. Sus manos se tragan con calma y fuerzan sus propias pieles, no les parece preocupar lo que cambie, ni lo que llegue a significar todo, sencillamente se viven en una dulzura inexplicable, palpable y deforme. Es así como se exprimen, así es como se manifiestan los primeros recuerdos de algo que promete perdurar, marcar y definir lo que en el futuro, posiblemente lleguen a cambiar.

En el acto, son observados por los viejos amantes, los que heridos, han corrompido su risa por rencor, aquellos que el colorido de sus vestimentas, resplandecen con tonalidades sombrías. Así permanecen sus cuerpos con la mirada de otros que han decidido murmurar entre ellos lo inaceptable, pero no todos son envidiosos, hay quienes lloran o celan su sangre con cierto sadismo. Es terciopelo lo que los envuelve, cómo una vasija que guarda el vino del amor, y mientras la melodía del ayer suena en el ambiente, los amantes se pierden en las anotaciones del observador.

¿Pueden abrir la puerta de su alma con una sola mirada en sus ojos?, se preguntan los quejidos que atestiguan el cambio generacional, ¿pueden perpetuar lo que en otros ha fallado?, ¿pueden callar lo que el instinto pide a gritos?…

Los enamorados han optado por dejar de respirar, creyeron en su olfato y se permitieron ahogar con el aroma de su vivencia. Se llenan de su propia carne, el alimento ahora son sus besos y el romance provoca que de su persona transpire ¡la luz por existir!; no hay presencia de que la soledad los mueva, ni les preocupa que sean observados por el ayer. Eso mismo les parece ajeno, no tienen el deseo de creer en ello, y sus manos les ayudan a sostener esa idea. Es así como se sostienen ensimismados en lo que en otros, fue la cúpula de un bello recuerdo eterno.

En esa manifestación natural, hay aun los que se lamen las cicatrices de forma cíclica, y que por su baja mirada, mantienen en secreto su duelo; hay quienes suelen conmoverse y pedir por un “usted”, y debaten si deberían aclamar por  un “tú”, un “yo”, o “nosotros”… incluso se voltean a mirar, sollozando se preguntan si están acompañados, pero ninguno se extiende la mano para dejar en claro, lo que la oscuridad ha golpeado. Faltan valientes espíritus que iluminen el camino de un viejo recorrido, ¡hacen tanta falta!, que se siguen envenenando con la fantasía de adorar, y ser adorados.

Es una canción que embriaga al más mínimo, quien le escucha, se transforma en arrebato y sin decir adiós logra desaparecer entre los cielos, para que al final, caiga como un criminal arrepentido por volar alto. Los entes que le han sobrevivido, a veces se acercan a los caídos, para encontrar una historia inconclusa y acompañan en el acto, el lloriqueo de los niños, tiemblan y colapsan, se engarzan de su sombra y vuelven a mirar, el cielo sigue ahí. La eternidad es inmensa, no existe más que aburrimiento en el aprendizaje. Ya los amantes se han encariñado con el vicio de sus bocas, e intentar separarlos es un suicidio, pero existe alguien capaz, y es el malévolo parpadeo quien se aproxima a ellos, a veces de frente, y en otras ocasiones, por la espalda. Aprovechando la distracción, los abraza como una madre podría abrazar a sus amados hijos, y los resguarda con cierto toque agradable, los enreda en la trampa para finalizar con una mordida, de esta manera duermen las víctimas de esta araña. Los fieles guardan silencio al presenciar el acto, algunos se tragan el pánico cerrando los ojos, mientras otros no retiran la mirada, dejando que la lagrima que se les escapa, les ensucie su rostro con una gota de pureza, la última que les queda.

Crisálidas historias que fueron heridas por el amor, el saber que fueron escritas por la muerte, les da un significado especial, y aún más, el saberlas gloriosas en su virtud; por ello él diablo huele el adolecido corazón, y es que lo atrae, aquello que palpo lo más que se puede lograr, a la divinidad. Así suceden las trampas del amor, algunos retiran sus sentimientos para poder gozar las mieles, y quemarse en las banalidades del placer, mientras otros que aún recuerdan su sabor, aprovechan la seducción de su sonido para abusar de su sexualidad. Pero entre tantos excesos, hay quienes en su ingenuidad, buscan esa presencia especial rompiendo el encanto; entre lo que podría ser, se encuentran con lo que fue y terminan fracasando, pocos son los que logran vivir.

Entre los pedazos, los nuevos poetas y las nuevas musas, resurgen acompañados de viejas emociones para que el mismo aire, les bendiga con su aliento y así puedan, ser un escalón que impida no llegar a lo alto de la madrugada. La apuesta es clara, y el sendero es iluminado con la fuerte tormenta de la depravación, la única espada que puede defenderlos es la misma que los puede lastimar, y el problema es mayor si la empuñan con duda, pero la belleza oculta, es la incertidumbre que aguarda el momento para capturarlos en sus garras de marfil. Ese encuentro final, es el que mantiene a los viejos escritores, y a las desgarradas muñecas, hechizados por la tristeza.

¿Pueden explotar sus sueños en el desvarío?, se preguntan las palabras que fueron usadas para explicar los acontecimientos, ¿pueden dejar de ser?, para que, por lo que luchan, pueda ser libre.

Los silencios culposos, suelen ser concurridos por los que lograron desistir, y algo arrepentidos, intentan volver, algo avergonzados, pero es tanta su pena que no pueden cambiar la edad y se ocultan de si mismos. Así son los pobres, los que renunciaron y lograron en su propia mente, la liberación de sus bajezas. Es así, como los cariños se transforman en las alas de lo impúdico, sádico y sangriento, divino y endeble. Por eso mismo, el colapso de los nuevos, es aplaudido por los viejos amantes, y sin más, siempre le dan fría bienvenida a los compañeros que caen. Es así como el observador, anota la tragedia para que el diablo, lea en voz alta lo que sucede si amas por amar.

En ese acto, la divinidad se convierte ajena y abandona el cuerpo que no es digno; las promesas se rompen como papel y vidrio, y la única reparación es dormir en los brazos de la dama, que fue madre de la melancolía. Aun sin encontrar consuelo, en sus cabellos se pierden los sueños, se visten con sus alfileres y las punzadas, son alegóricas esperanzas por hallar el agujero de la venganza. Así es el juego favorito de los humanos, perder la mente una y otra vez, perder incluso el alma en una apuesta que no es para ganar. Es así como suceden las cosas en este ciclo donde los nuevos, repiten lo que los viejos realizaron; afectuosos, el golpe de la oscuridad.

Es una caricia la que los salva, y provoca que empiecen a sentirse… ¡Es una mirada la que auxilia!, a imaginar la posibilidad de lo imposible, todos nacemos de ello; es así como fueron los inicios de unos y de muchos, para los que anhelaron alcanzar, el sol,  parpadea de alegría por si sus rayos se avivan en el ardor, de sus crisálidas debilidades, la carne se retira y deja a la nada, en su máxima expresión. El polvo se va deshaciendo de los rostros que son sostenidos por el fuego inicial del momento, e incita a que sigan naciendo amantes de la belleza, la real y autentica, la que es apreciada por ciegos y vista en fragmentos por los mismos que se despojaron de sus egos. En esos pensamientos tan profundos, a su lado se tienen para siempre; y el que quiere como nadie, se percata que su vida ya no le pertenece, pues en este mundo donde los minutos son cuidadosamente estrictos, olvidan su existencia en los besos sinceros.

Crisálidas palabras brotan de una boca con voz tenue y suave, habla con un brillo olvidado por generaciones, y el que se percata de ello, es él mismo escritor de estas historias mal habidas. Escucha con atención estas cosas raras con los oídos de su alma, y sabe que son máximas verdades. Se da cuenta que son frágiles, y procura no escribirlas para evitar que su diabólica deidad se entere de ellas. Sabe que son verbos desnudos, y que provienen de lo más puro del ser, lo sabe y teme que lleguen a perderse en el olvido, por eso mismo deja sus apuntes y se ahoga en el momento… El momento que nace para él, la ninfa de la poesía. Es así, como nuevas caricias se impregnan de labiosidad para envejecer en la carne de los amantes, y puedan las palabras decirse en esta transpiración corporal, todo sea por existir. Así es como caen las estrellas, y cientos de galaxias, en la trampa de la oscuridad.

En el acto, hay un diablo que observa cómo va perdiendo a su escritor, todo por dejar que contemplara a tantas víctimas de la vida sin su oscura guía; pero ya sabía que podía suceder tarde o temprano, la tentación es fuerte cuando la calentura y el fuego se mezclan. Ahora que lo ha visto, recoge las palabras del suelo, con sus pesuñas pellizca al mundo, para escribir lo que su maléfica mirada atrapa, busca un poeta adormecido por la mordida de una araña, por ello deja que sus cautivas almas, viajen a la luna y vuelvan ilusionadas. Así como la noche duerme de día, brotan recuerdos de un secreto que mantuvieron guardado los sonidos del silencio, los ángeles se ahogan en suspiros, y es que así es como surgen amantes del polvo. La telaraña que atrapa a las moscas, y alimenta al arácnido corazón, herido por el resplandor de la luz, seguirá en espera de que sean golpeadas las ingenuas larvas; de esta forma la inocencia, se mantiene en perpetuo sepelio al caer en cuenta que son innecesarios los relatos donde los milagros, sean el resultado de una provocación, mucho menos, si le encuentran gusto a los puños de la oscuridad.

¿Pueden abrir la puerta de su alma con una sola mirada en sus ojos?, se preguntan los quejidos que viajaron de este mundo al cielo, ¿pueden perpetuar lo que en otros ha fallado?, ¿pueden callar lo que el instinto pide a gritos?… ¿Pueden explotar sus sueños en el desvarío?, se preguntan las palabras que son usadas para escribir crisálidas historias, ¿pueden dejar de ser?, para que las alas que lograron tener, puedan llevarlos a la libertad. Y si escucharan la voz tierna y suave que él escritor escucho, sabrían que hay amor por la mentira de creer que así fue, así es… y a futuro será.


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